Gloria es la precuela de una trilogía escrita por Graciela Avram. En sus páginas se encuentran, como al pasar, los títulos de las novelas anteriores. Quizás por eso se justifique pensarlas en serie. Por eso y por el personaje de Zomer, un psicoanalista escéptico que desprecia a los alumnos por más inteligentes que sean y se permite elegir a sus discípulos por indicadores menos ortodoxos que el sospechoso mérito académico.
El título condensa el acento irónico de la voz narradora. Una ironía que el lector agradece y no decae a lo largo de los once capítulos. Gloria es un nombre propio, es decir tan ajeno como lo es cualquiera de los patronímicos con que se bautiza a un mortal. Es el intento fallido de una mujer por nombrar lo más impronunciable: un deseo. Un deseo que termina reducido a una tentativa neurótica y desbarranca hacia una ensoñación. La gloria es un sueño, el sueño de ser, ser una rubia de Barrio Norte con todos los beneficios de una clase que se representó por fuera de la historia durante varias décadas. Pero su sueño es tremendo: pretende pertenecer sin tener que esconder la decadencia que suele taparse tras los coquetos departamentitos de esa imprecisa zona que se dibuja entre Recoleta, Retiro y Palermo.
